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El alza del petróleo no solo encarece la bencina: economista advierte impacto en alimentos, tasas de interés y el bolsillo de las familias más vulnerables

El conflicto en Medio Oriente sigue encendiendo las alarmas en la economía global. Pero en Chile, sus efectos no se limitan a lo que pagamos en la bomba de bencina. Detrás del alza del crudo hay una cadena de consecuencias que golpean directamente el bolsillo de las familias, especialmente de aquellas con menos ingresos.

Gonzalo Escobar, académico de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello, lo explica con claridad: “Para una economía como la nuestra, que importa cerca del 98% del petróleo que consume, este fenómeno no es solo una cifra más; es, en la práctica, un impuesto regresivo que golpea directamente al presupuesto familiar”.

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El conflicto en Medio Oriente sigue encendiendo las alarmas en la economía global. Pero en Chile, sus efectos no se limitan a lo que pagamos en la bomba de bencina. Detrás del alza del crudo hay una cadena de consecuencias que golpean directamente el bolsillo de las familias, especialmente de aquellas con menos ingresos.

Gonzalo Escobar, académico de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello, lo explica con claridad: “Para una economía como la nuestra, que importa cerca del 98% del petróleo que consume, este fenómeno no es solo una cifra más; es, en la práctica, un impuesto regresivo que golpea directamente al presupuesto familiar”.

¿Qué significa “impuesto regresivo”?

En términos simples, un impuesto regresivo es aquel que afecta proporcionalmente más a quienes tienen menos recursos. Cuando el petróleo sube, el costo de la vida aumenta para todos, pero las familias de ingresos bajos destinan un porcentaje mucho mayor de su presupuesto a bienes básicos como alimentos y transporte, por lo que el golpe es más profundo.

Más allá de la bencina: la inflación de “segunda vuelta”

El efecto más visible del alza del petróleo es el incremento en el precio de los combustibles. Sin embargo, Escobar advierte que “el verdadero impacto inflacionario se produce a través de los efectos de la inflación de segunda vuelta”.

¿Qué significa esto? Chile depende casi por completo del transporte terrestre para movilizar los productos que consumimos a diario. Las frutas y verduras viajan desde los campos hasta los centros de abastecimiento en camiones que usan diésel. Los abarrotes llegan a los almacenes de barrio en furgones que también lo utilizan. Los insumos para la industria requieren el mismo combustible.

“Cuando el petróleo sube, aumenta el costo de flete de las frutas y verduras desde los predios agrícolas, de los abarrotes que llegan a los centros de distribución y de los insumos intermedios para los procesos productivos”, explica el economista.

Ese aumento en los costos de transporte se traslada rápidamente al precio final que pagamos en la feria, el supermercado o la panadería. Es lo que los economistas llaman un “shock de oferta”: los productos suben no porque haya más demanda, sino porque es más caro producirlos y transportarlos.

Y aquí viene lo más complejo: “Este shock de oferta se traslada rápidamente al Índice de Precios al Consumidor (IPC), afectando especialmente a los alimentos, que es precisamente donde las familias de menores ingresos destinan gran parte de su gasto mensual”, señala Escobar.

El resultado es una pérdida inmediata del poder adquisitivo. Los salarios nominales (los que aparecen en el contrato) no se ajustan con la misma rapidez que suben los precios, por lo que el dinero rinde menos.

El dilema del Banco Central: tasas de interés en la encrucijada

El alza del petróleo también pone en una situación compleja al Banco Central. Por un lado, la actividad económica muestra señales de debilidad, lo que sugeriría la necesidad de bajar las tasas de interés para estimular el crédito y el consumo. Pero por otro lado, un petróleo alto presiona la inflación al alza y afecta el tipo de cambio.

“Si el petróleo sigue escalando, el Banco Central podría verse forzado a moderar la baja de tasas para evitar que las expectativas de inflación se desanclen. Esto encarece el crédito para las personas y las empresas, generando un enfriamiento adicional de la economía”, advierte Escobar.

En concreto, significa que pedir un préstamo, comprar con tarjeta de crédito o financiar un emprendimiento se vuelve más caro. Y si la economía se enfría, también pueden enfriarse la creación de empleo y las oportunidades de crecimiento.

El MEPCO: un colchón con límites

Frente a este escenario, el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (MEPCO) ha operado como un amortiguador. Esta semana, el gobierno aplicó una rebaja en el componente variable del impuesto específico a las gasolinas y al diésel para contener el alza. Sin embargo, el economista es enfático: “A pesar de la existencia del Mepco, su capacidad de amortiguación tiene límites financieros y temporales”.

El ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, ya advirtió que mantener el mecanismo está costando US$ 50 millones por semana y que, si el petróleo se mantiene en niveles altos, el gasto fiscal podría llegar a US$ 3.000 millones. El colchón tiene un límite, y el golpe internacional es fuerte.

La dependencia estructural: una lección que se repite

Para Escobar, el conflicto internacional deja al descubierto una vulnerabilidad que Chile arrastra hace décadas: “El conflicto internacional nos recuerda nuestra dependencia estructural de los combustibles fósiles importados. Mientras no avancemos de forma decidida en la electrificación de la matriz logística y el transporte público, seguiremos siendo tomadores de precios de crisis externas”.

En esa línea, el académico plantea que la única salida de fondo es avanzar hacia una matriz energética más limpia y autónoma. La electrificación del transporte público y de la logística de carga no solo reduciría emisiones, sino que protegería a las familias de la volatilidad de un mercado internacional que no controlamos.

“En el corto plazo, el seguimiento de la inflación de los próximos meses será crítica. El desafío no es solo técnico; va mucho más allá, especialmente para un país que busca estabilidad en medio de un mundo cada vez más volátil”, concluye.

Una oportunidad para repensar la movilidad en Coquimbo

Mientras el gobierno define el futuro del MEPCO y las familias coquimbanas ajustan el presupuesto para llegar a fin de mes, la discusión de fondo sigue pendiente: ¿seguiremos dependiendo de un recurso que no controlamos y cuyo precio deciden guerras a miles de kilómetros, o comenzaremos a construir un modelo de movilidad más autónomo, limpio y justo?

La Región de Coquimbo tiene condiciones privilegiadas para avanzar hacia ese cambio. Su alta radiación solar, el potencial eólico en sectores costeros y la creciente conciencia ambiental de sus habitantes son activos que pueden impulsar una transición energética con sello local. La electromovilidad en el transporte público, el impulso a sistemas de bicicletas compartidas y la planificación urbana orientada a reducir distancias son caminos posibles.

Cada alza del petróleo nos recuerda que el modelo actual tiene un precio. Y no es solo el que pagamos en la bomba.
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