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Opinión | El feudo del arrastre llama a una última cruzada por la jibia.

En la Edad Media, cuando un señor feudal decidía ir a la guerra, convocaba a sus campesinos para formar su ejército. Pero estos no acudían por lealtad ni por honor. Lo que realmente los movilizaba era el miedo, la herramienta de control más eficaz del señor: miedo a las represalias si desobedecían, miedo a perder la parcela que apenas les permitía sobrevivir, miedo a que, si el feudo caía, también se derrumbaran sus frágiles seguridades. La obediencia no nacía del respeto, sino de una dependencia forzada.

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En la Edad Media, cuando un señor feudal decidía ir a la guerra, convocaba a sus campesinos para formar su ejército. Pero estos no acudían por lealtad ni por honor. Lo que realmente los movilizaba era el miedo, la herramienta de control más eficaz del señor: miedo a las represalias si desobedecían, miedo a perder la parcela que apenas les permitía sobrevivir, miedo a que, si el feudo caía, también se derrumbaran sus frágiles seguridades. La obediencia no nacía del respeto, sino de una dependencia forzada.

Hoy, en pleno siglo XXI, algo inquietantemente similar está ocurriendo en la Jibia y el intento de ciertos grupos de la pesca industrial por volver al arrastre. No estamos ante un simple desacuerdo técnico. Estamos ante una estrategia comunicacional cuidadosamente diseñada, donde grandes empresas buscan movilizar a trabajadores, sindicatos dependientes y comunidades enteras como si fueran vasallos convocados a defender el castillo de su señor.

La narrativa es conocida: “si no nos devuelven el arrastre, se perderán miles de empleos”, “la industria caerá”, “las regiones sufrirán”. Es el mismo libreto que en la Edad Media: si el castillo cae, tú también caes. Pero lo que no se dice es que el arrastre sobre la jibia no es una necesidad productiva, sino una comodidad histórica de un sector que nunca quiso adaptarse a un recurso que cambió su distribución, su abundancia y su dinámica ecológica. La potera: arte de pesca selectiva, limpia, artesanal demostró ser viable, sostenible y socialmente más justa. Pero para los señores del mar, la sostenibilidad nunca fue prioridad; sino que mantener el control.

La industria sabe que no puede defender el arrastre con argumentos científicos sólidos. Sabe que la evidencia internacional favorece las artes selectivas. Sabe que la ciudadanía desconfía de prácticas destructivas. Por eso recurre a otra táctica: activar el miedo. Convertir a los trabajadores en escudos humanos. Hacerlos creer que su bienestar depende de que el señor conserve sus privilegios. Es una jugada antigua, medieval.

La historia también enseña otra cosa: los campesinos nunca peleaban por el señor; peleaban por sobrevivir. Y cuando aparecían alternativas más justas, más estables o dignas, el orden feudal comenzaba a resquebrajarse. Hoy, esas alternativas existen: cadenas de valor más limpias, pesca artesanal fortalecida, diversificación productiva, innovación en artes selectivas, gobernanza participativa. Lo que falta no es tecnología ni conocimiento; lo que falta es que dejemos de aceptar que el miedo sea la herramienta política de quienes ya concentran poder.

La discusión sobre la jibia no es técnica: es histórica. Es la disputa entre un modelo feudal que se resiste a morir y un país que intenta avanzar hacia una pesca moderna, sostenible y socialmente equilibrada. Y como en toda transición histórica, los señores del castillo harán todo lo posible por mantener a sus campesinos alineados, incluso si eso significa arrastrar (literalmente) el futuro del mar.

Por eso sí, realmente, queremos avanzar hacia un desarrollo sustentable de la pesquería de la jibia, el país necesita activar un debate distinto: uno orientado a la construcción de política pública moderna, capaz de impulsar mejoras científicas, tecnológicas, de infraestructura y de capacidades de transformación y valor añadido. Solo así la cadena de suministro de la jibia podrá crecer sin depender de los señores feudales del arrastre, diversificando su base productiva y fortaleciendo a quienes hoy quedan atrapados en relaciones de dependencia que no les permiten prosperar.

Porque eso es lo que estamos viendo hoy: un feudo del arrastre que llama a una última cruzada, no para defender el bien común, sino para preservar un privilegio que ya no resiste ni la evidencia científica ni la ética social. La pregunta es si seguiremos marchando al toque de su tambor medieval o si, de una vez por todas, reconoceremos que el mar no tiene señores y que sus recursos no son feudos privados, sino bienes comunes que deben administrarse con responsabilidad, equidad y visión de futuro.

Por: Pascual Aguilera Sarmiento
Coordinadora Nacional de Jibieros

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